Qué ver en Córdoba

El Cristo de los Faroles y la plaza de Capuchinos

Escultura del Cristo de los Faroles iluminada en la Plaza de Capuchinos de Córdoba, rodeada por faroles de hierro forjado

La plaza de Capuchinos

El siglo XVII presenció el surgimiento de la plaza de Capuchinos en la parte noreste de la ciudad, edificada sobre propiedades que pertenecían al Marqués de la Almunia, Francisco Centurión y Fernández de Córdoba. Como relataba Teodomiro Ramírez de Arellano en sus Paseos por Córdoba: os sean apuntes para la historia (1877), los religiosos adquirieron esta residencia noble por la suma de 1.000 ducados y la comenzaron a habitar en el año 1633. Los monjes capuchinos fueron exclaustrados hasta en tres ocasiones: en 1810, 1821 y 1836. Finalmente, el convento sería vendido y demolido en su mayor parte, aunque se conservó el claustro, la huerta y la iglesia aún existente hoy día. Como bien señala Ramírez de Arellano (1877), la plaza, que tiene acceso desde la calle Conde de Torres Cabrera y a través de la Cuesta del Bailío, es de planta rectangular y el suelo está totalmente empedrado. Se encuentra rodeada por paredes encaladas pertenecientes a reseñables conjuntos arquitectónicos, entre los que destaca la Iglesia del Santo Ángel de los padres capuchinos, más conocida como la iglesia de los Capuchinos, que en su interior alberga la imagen de la Virgen de la Paz y Esperanza (realizada en 1939 por el imaginero Juan Martínez Cerrillo) que procesiona el Miércoles Santo y fue coronada pontificiamente en 2022. Es destacable también el anteriormente conocido como hospital de San Jacinto para enfermos incurables e Iglesia de los Dolores, de especial relevancia, pues esta alberga la imagen de la Virgen de los Dolores (realizada en 1719 por el imaginero cordobés Juan Prieto), conocida por los cordobeses como la Señora de Córdoba. Fue coronada pontificiamente en 1965, siendo la primera imagen de una virgen dolorosa coronada en Córdoba. Es una de las imágenes más veneradas de la ciudad y la protagonista indiscutible del Viernes Santo.

El Cristo de Los Faroles

El Cristo de Los Faroles se encuentra ubicado en la plaza de Capuchinos que, como hemos mencionado anteriormente, toma su nombre del antiguo convento de Padres Capuchinos que se ubicaba en este espacio. Así, encontramos al Cristo de Los Faroles presidiendo la plaza, que realmente es una advocación del “Cristo de los Desagravios y Misericordias”, pero que popularmente es conocido como el Cristo de Los Faroles por las ocho luminarias de forja que lo acompañan. Señala Pérez García (2014), que fue esculpido en mármol blanco y es atribuido por unos a Alonso Gómez de Sandoval y por otros a Juan Navarro León (atribución más aceptada). Sería realizado en 1794, por petición del capuchino franciscano Fray Diego José de Cádiz. La obra es un cristo crucificado, con la peculiaridad de que el Cristo se encuentra fijado a la Cruz mediante cuatro clavos. Generalmente, los crucificados aparecen representados mediante tres clavos fijados a la cruz: uno en cada mano y el tercero atravesando los dos pies. El Cristo de Los Faroles, presenta un clavo en cada pie. La cruz y el pilar sobre el que se posa, son de piedra azul. En la parte baja de la cruz encontramos un verso bíblico que dice: “Petra autem erat Christus”, cuyo significado es «Y la roca era Cristo» (Cor. 10:4).

Leyenda del Cristo de Los Faroles

Cuenta la leyenda que, cada noche a las doce en punto, resonaban pasos sigilosos en las proximidades de la Plaza de Capuchinos. Un hombre encapuchado se aventuraba silenciosamente hacia el Cristo de los Faroles y susurraba palabras incomprensibles antes de esfumarse en la oscuridad. Mantuvo su identidad oculta hasta que una noche decidió revelar su secreto a aquellos encargados de velar por la escultura. Resultó ser un soldado del Rey que, había sido víctima de un asalto perpetrado por bandidos. En el momento más crítico, cuando se encontraba al borde de la muerte, despertó desconcertado frente al Cristo de los Faroles. Desde aquel día, como agradecimiento por el acto de salvación, regresaba cada noche a la misma hora en que el Cristo lo salvó para expresar su gratitud. Una vez que compartió su secreto, el hombre encapuchado desapareció para siempre.
 
El Cristo de los Faroles de Córdoba no solo es una obra maestra, sino también un icono de la ciudad. Gracias a películas, como la protagonizada por Antonio Molina en 1958 y que lleva su nombre, se puso en valor y se dió a conocer a nivel nacional. Hoy día es uno de los rincones de Córdoba más visitados y un lugar con especial devoción para los cordobeses.

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