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El Cristo de los Faroles de Córdoba: historia, leyenda y plaza de Capuchinos

Escultura del Cristo de los Faroles iluminada en la Plaza de Capuchinos de Córdoba, rodeada por faroles de hierro forjado

El arquitecto Rafael de la Hoz dijo de la Plaza de Capuchinos que «jamás en arquitectura se había hecho tanto con menos». Un rectángulo de cal y cielo, suelo empedrado, paredes encaladas sin adorno. Y en el centro, un Cristo crucificado rodeado por ocho faroles de forja que lo iluminan cada noche. Poco más. Pero ese poco más basta para convertirla en uno de los rincones más visitados y más queridos de Córdoba.

La Plaza de Capuchinos

La plaza tiene su origen en el siglo XVII. Antes de que los capuchinos llegaran a este espacio, el lugar era conocido como Plaza de Almunia o Plaza del Corbacho. Como relataba Teodomiro Ramírez de Arellano en sus Paseos por Córdoba (1877), los religiosos capuchinos adquirieron una residencia noble perteneciente al Marqués de la Almunia, Francisco Centurión y Fernández de Córdoba, por la suma de 1.000 ducados, y comenzaron a habitarla en 1633. El convento del Santo Ángel que construyeron en ese solar daría nombre a la plaza y definiría su carácter durante dos siglos.

Los monjes capuchinos fueron exclaustrados en tres ocasiones: en 1810, 1821 y 1835. Finalmente el convento fue vendido y demolido en su mayor parte, aunque se conservaron el claustro, la huerta y la iglesia. La plaza pasó a ser vía de tránsito entre dos barrios populares de Córdoba — la Axerquía y la Villa — accesible por la Cuesta del Bailío y por la calle Conde de Torres Cabrera. Desde entonces pertenece a la ciudad.

Su planta es rectangular y el suelo está empedrado en su totalidad. Las paredes encaladas que la rodean crean esa atmósfera de sobriedad absoluta que describió Rafael de la Hoz — un espacio que parece aislado del ruido urbano incluso estando en pleno centro histórico. La noche es el mejor momento para visitarla: cuando los faroles se encienden, la blancura de los muros y la figura del Cristo componen una imagen que ha marcado a generaciones de cordobeses y ha atraído a cineastas de medio mundo.

Los edificios que rodean la plaza

La plaza está flanqueada por dos conjuntos religiosos de especial relevancia para la devoción cordobesa.

En el lado norte se encuentra la Iglesia del Santo Ángel, de los padres capuchinos, cuyo interior alberga la imagen de la Virgen de la Paz y Esperanza, realizada en 1939 por el imaginero Juan Martínez Cerrillo. Procesiona el Miércoles Santo y fue coronada pontificiamente en 2022.

Al otro lado, el que fue Hospital de San Jacinto para enfermos incurables — fundado en 1596 y trasladado a su ubicación actual en 1717 — alberga hoy la Iglesia de los Dolores. En su interior se venera la imagen de la Virgen de los Dolores, conocida por los cordobeses como la Señora de Córdoba, realizada en 1719 por el imaginero cordobés Juan Prieto. Fue coronada pontificiamente en 1965, siendo la primera imagen de una virgen dolorosa coronada en la capital cordobesa. Es la protagonista indiscutible del Viernes Santo y una de las devociones más arraigadas de la ciudad.

El Cristo de los Faroles

Su nombre oficial es Cristo de los Desagravios y Misericordias, pero nadie lo llama así. Son los ocho faroles de hierro forjado que lo rodean los que le han dado el nombre con el que se le conoce en toda España. Según la tradición popular, cada uno de esos faroles representa una de las ocho provincias de Andalucía.

La obra fue realizada en 1794 por el cantero cordobés Juan Navarro León, que es la atribución más extendida y la que recogen las fuentes institucionales. Algunas fuentes especializadas distinguen entre el conjunto arquitectónico — obra de Navarro León — y la figura del Cristo crucificado, que atribuyen al escultor Alonso Gómez de Sandoval. Sea cual sea la autoría exacta, la obra fue promovida por el fraile capuchino Fray Diego José de Cádiz y financiada por los Marqueses de Ariza y otros donantes.

El Cristo está tallado en mármol blanco, de menor tamaño que el natural, con corona de espinas y potencias labradas en metal. La cruz es de mármol negro — una elección deliberada que refuerza el dramatismo barroco del conjunto y potencia el efecto visual nocturno cuando los faroles lo iluminan —, y se eleva sobre dos cuerpos prismáticos que descansan sobre un basamento de piedra azul. En el pedestal está grabado el salmo Miserere. En la parte baja de la cruz, una inscripción en latín reza «Petra autem erat Christus» — «Y la roca era Cristo» (1 Cor. 10:4). Una lápida empotrada en el muro del convento recuerda que quienes recen un credo ante la imagen ganan unos 360 días de indulgencia, concedidos por diferentes prelados.

Uno de los detalles que más llama la atención a quien observa la escultura con detenimiento es la presencia de cuatro clavos. La iconografía habitual de los crucificados utiliza tres: uno en cada mano y un tercero atravesando ambos pies superpuestos. El Cristo de los Faroles presenta un clavo en cada pie por separado porque las piernas no están cruzadas — la misma solución que empleó Velázquez en su Cristo de San Plácido. Esta elección da a la figura un equilibrio y una sobriedad que la distingue de otras tallas barrocas que buscan mayor dramatismo mediante el cruce de los pies. No es el único caso en Córdoba: el Cristo de las Lágrimas, en el barrio del Figueroa, comparte esta misma solución iconográfica.

En la vecina Iglesia de los Dolores se conserva el Cristo de la Clemencia, obra de Amadeo Ruiz Olmos (1939), que procesiona con la Hermandad de los Dolores el Viernes Santo con una estética y composición muy similar a la del Cristo de los Faroles — un eco visual que refuerza el carácter devocional de la plaza como conjunto.

La verja y su historia

El aspecto actual del conjunto tiene mucho que ver con una polémica que sacudió a la ciudad a principios del siglo XX. La mañana del 1 de marzo de 1924 los cordobeses se encontraron con que el Cristo había amanecido rodeado por una verja de hierro. La había instalado de noche un vecino anónimo — con plena conciencia de que existía un debate previo sobre si era apropiado o no — para evitar que la oposición pública lo impidiera. La había fabricado en sus talleres Antonio Martínez. Su propósito era otorgar al Cristo un estatus monumental similar al de otros iconos religiosos de la ciudad que ya contaban con perímetros enrejados — en particular el Triunfo de San Rafael de la Puerta del Puente —, logrando que el conjunto guardara sintonía con ellos. La iniciativa contaba con el respaldo del devoto encargado de encender los faroles, que también se mostraba públicamente a favor.

La reacción dividió a los cordobeses. En una plaza que destacaba precisamente por su sobriedad absoluta — ese «rectángulo de cal y cielo» que tanto admiró Rafael de la Hoz —, la estructura de hierro rompía la estética original y muchos la vieron como un añadido innecesario. El alcalde José Cruz-Conde, tras consultar con la Comisión de Monumentos de Córdoba, solicitó formalmente su retirada. El asunto llegó hasta Madrid, donde el escritor Ricardo de Montis la defendió en prensa. Fue precisamente el devoto encargado de encender los faroles de aceite el primero en pedir que se sustituyeran por eléctricos — propuesta que Montis también respaldó públicamente. La verja permaneció. Con el tiempo se redujo su altura para que quedara al nivel de las columnas de las esquinas, mitigando el impacto visual que había generado tanta controversia.

Los faroles originales de aceite se mantuvieron hasta 1984, cuando fueron sustituidos por otros de factura más austera. En 2015 el conjunto fue objeto de una restauración integral que devolvió al Cristo su aspecto original.

Fray Diego José de Cádiz

El principal impulsor del Cristo de los Faroles fue Fray Diego José de Cádiz, nacido el 30 de marzo de 1743 en Ubrique, en la provincia de Cádiz, y fallecido el 24 de marzo de 1801 en Ronda a causa de la fiebre amarilla. Adoptó el nombre de «de Cádiz» siguiendo la costumbre capuchina de tomar el nombre de la provincia natal al terminar el noviciado.

Fue uno de los predicadores más influyentes de la España del siglo XVIII — conocido como el «segundo San Pablo» por su elocuencia como misionero —, defensor del absolutismo frente a las ideas ilustradas y al racionalismo francés. Utilizó esa influencia y su red de contactos entre la nobleza para impulsar y financiar la creación del Cristo de los Faroles, que se convirtió en uno de los legados más visibles de su labor en Córdoba. Fue beatificado el 22 de abril de 1894 por el papa León XIII.

La leyenda del soldado

Cuenta la leyenda que, cada noche a las doce en punto, resonaban pasos sigilosos en las proximidades de la Plaza de Capuchinos. Un hombre encapuchado se acercaba en silencio al Cristo de los Faroles y susurraba palabras que nadie lograba entender, antes de desvanecerse en la oscuridad. Noche tras noche, durante años, mantuvo su identidad oculta.

Hasta que una noche decidió revelar su secreto a quienes velaban por la escultura. Era un soldado del Rey que había sido víctima de un asalto a manos de bandidos. En el momento más crítico, cuando se encontraba al borde de la muerte, despertó desconcertado frente al Cristo de los Faroles. Desde aquel día, como agradecimiento por haberle salvado la vida, regresaba cada noche a la misma hora para expresar su gratitud. Una vez que compartió su secreto, el hombre encapuchado desapareció para siempre.

La plaza en Semana Santa

La Plaza de Capuchinos alcanza su mayor esplendor durante la Semana Santa. Es uno de los escenarios más cargados de devoción del centro histórico, con tres momentos de especial intensidad a lo largo de la semana.

El Martes Santo pasa por aquí la Cofradía de La Sangre. El Miércoles Santo es la Hermandad de la Paz y Esperanza la que procesiona, con la Virgen de la Paz y Esperanza que tiene su sede en la iglesia de los Capuchinos. Y el Viernes Santo es el turno de la Hermandad de los Dolores, con la Señora de Córdoba como protagonista absoluta — la imagen que más devoción despierta en la ciudad y que tiene en esta plaza su epicentro.

Pero la plaza tiene su momento más íntimo al atardecer, cualquier día del año, cuando los faroles se encienden y la luz cálida sobre el mármol blanco del Cristo y los muros encalados crea esa atmósfera de quietud y recogimiento que Rafael de la Hoz supo describir mejor que nadie.

El Cristo de los Faroles en el cine

La plaza y el Cristo han sido escenario de rodajes desde los primeros tiempos del cine español. La primera referencia conocida es Carceleras (1922), dirigida por José Buchs, una de las producciones más antiguas del cine nacional. Le siguió Brindis a Manolete (1948), de Florián Rey.

Pero la película que convirtió al Cristo de los Faroles en un icono nacional fue El Cristo de los Faroles (1958), dirigida por Gonzalo Delgrás y protagonizada por Antonio Molina, cuya copla homónima se convirtió en la banda sonora definitiva del monumento. Décadas después, la plaza volvió a aparecer en Yo soy esa (1990), de Luis Sanz, con Isabel Pantoja y José Coronado. Y en 2002 el director italiano Franco Zeffirelli eligió este rincón para Callas Forever, llevando la imagen del Cristo a las pantallas internacionales.

Preguntas frecuentes sobre el Cristo de los Faroles

¿Dónde está el Cristo de los Faroles de Córdoba?

El Cristo de los Faroles se encuentra en la Plaza de Capuchinos, en el centro histórico de Córdoba. Se accede a pie por la Cuesta del Bailío o por la calle Conde de Torres Cabrera. Es una plaza tranquila, apartada del bullicio, que merece la pena visitar tanto de día como de noche.

¿Cuándo fue esculpido el Cristo de los Faroles?

Fue esculpido en 1794 por el cantero cordobés Juan Navarro León, aunque algunas fuentes especializadas atribuyen la talla del Cristo al escultor Alonso Gómez de Sandoval. La obra fue impulsada por Fray Diego José de Cádiz y financiada por los Marqueses de Ariza. Su nombre oficial es Santísimo Cristo de los Desagravios y Misericordias.

¿Por qué tiene cuatro clavos el Cristo de los Faroles?

La mayoría de los crucificados se representan con tres clavos: uno en cada mano y un tercero atravesando los dos pies superpuestos. El Cristo de los Faroles presenta un clavo en cada pie por separado porque las piernas no están cruzadas — la misma solución que empleó Velázquez en su Cristo de San Plácido —, lo que da a la figura un equilibrio y una sobriedad que la distingue de otras tallas barrocas.

¿Cuál es el mejor momento para visitar la Plaza de Capuchinos?

Al atardecer, cuando los faroles se encienden y la luz cálida ilumina el mármol blanco del Cristo sobre los muros encalados. Durante la Semana Santa la plaza cobra una intensidad especial, con las procesiones de La Sangre (Martes Santo), la Paz y Esperanza (Miércoles Santo) y los Dolores (Viernes Santo).

Adela Calzado Barbudo, guía oficial de la Mezquita-Catedral de Córdoba

Adela Calzado Barbudo

Guía Oficial Mezquita · Cabildo Catedral de Córdoba

Historiadora del Arte · Intérprete del Patrimonio · Guía Oficial de Turismo en Córdoba

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